Qi Baishi (en chino, 齐白石/齊白石) nació el 1 de enero de 1864 en Xiangtan, en la provincia de Hunan, la misma en la que nació Mao Zedong.
Qi Baishi era hijo de un carpintero y fue un niño con poca salud. Con 14 años empezó a trabajar con su padre y a los 20 años, se puso a pintar. Encontró un manual de pintura y se dedicó con intensidad a trabajar en la pincelada. A partir de ese momento tuvo varios mentores. No dejó de pintar hasta su muerte, con 93 años.
En 1917, con 53 años, pudo viajar por los paisajes más relevantes y representados en la pintura china. Ese viaje supuso para Qi Baishi el arranque de su propio camino artístico. Hasta entonces había copiado y perfeccionado la tradición de los paisajes chinos. En ese viaje destiló de forma especialmente intensa su propio estilo. Así como sus propios temas de interés.
Y aquí es donde me gusta llegar cuando hablo de éste autor. La pintura oficial china durante muchos siglos se centró en los grandes espacios abiertos, o en detallados trabajos sobre flores y pájaros. Pero Qi Baishi tuvo siempre una mirada atenta a las cosas cercanas, domésticas y sin épica aparente. Las icónicas gambas que pintó multitud de veces se convirtieron en sinónimo de Qi Baishi.
En la historia del arte suelen aparecer autores que impulsan alguna ruptura. Lo pueden hacer de muy diversas formas. Mientras Qi Baishi pintaba gambas, Warhol empezaba a colorear retratos de Marilyn Monroe con colores imposibles. Marcel Duchamp nos decía que una pipa, «ceci n’est pas une pipe». Mientras Picasso deconstruye y reconstruye sus retratos cubistas. El arte suele implicar ruptura, y en algunos períodos de la historia la ruptura es el eje central. Es interesante destacar que mientras en occidente la realidad se ve conculcada por distintas reflexiones posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en Oriente se mantiene la raíz en lo real-cotidiano. O al menos, Qi Baishi lo hace. En 1953 es nombrado presidente de la Asociación de Artistas Chinos. Aquí es donde su vinculación con el régimen de Mao Zedong se vuelve incómoda. Pero en 1955 el Consejo Mundial de la Paz le concede el Premio Internacional, liberando al artista de cualquier discurso político. En todo caso y para la interpretación futura, pintar ratones, tortugas y cerezas le convierte en el pintor de lo «antiheróico».
Lo cierto es que Qi Baishi se sintió fascinado por las pequeñas criaturas que aparecían por casa siendo niño. Tardó casi 60 años en hacer de esa fascinación un producto que con el paso del tiempo se vendió en Christie’s por 63 millones de dólares. La serie «12 tablas con paisaje» alcanzó los 144 millones. Pero yo no he venido a hablar de dinero, sino de arte y ruptura.
La observación detallada de gambas, camarones y cangrejos, que criaba en cuencos grandes, se convirtió en una serie de obras pintadas en estilo xieyi. Pinceladas rápidas, espontáneas y definidas. Las gambas de Qi Baishi parecen estar vivas.
Estas pinturas se hicieron tan famosas y populares, que a los 78 años Qi se lamentaba de que el público sólo conocía éstas obras, cuando llevaba medio siglo trabajando en otros temas. Lo cierto es que sus trabajos sobre insectos, flores, pájaros, peces y utensilios caseros, llenos de una lírica simplicidad y pinceladas intencionadamente infantiles supusieron una ruptura en la historia del arte oriental. Y del arte en general.
De él es la frase: «el arte se halla entre lo semejante y lo que no es semejante» (a lo pintado). Para lograr esa semejanza/no semejanza siempre se requiere el mismo esfuerzo: observar y probar. Ad infinitum.
En cualquier caso y por traer a mi terreno la figura y la obra de Qi Baishi, me quedo con la idea de que cualquier cosa es «pintable». La observación de lo cercano y el intento de capturar su esencia, o la relación que tenemos con esos objetos, siempre me permite proponer talleres donde el disparador de la creación no es un lugar excepcional o un carísimo objeto, sino una nueva forma de observar eso que nos acompaña de manera cotidiana. Y eso, es arte, aunque no se subaste en Christie’s.